El verano de 2026🌞

El verano del 26

El verano del 26 quedará unido para siempre a la tarde en que el sol se escondió. Aquel 12 de agosto, el valle parecía haberse preparado en silencio para recibir el eclipse. Todos salimos en busca del mejor rincón desde el que contemplarlo y, cuando la luz comenzó a apagarse, las conversaciones se hicieron susurro. Durante unos instantes, el cielo nos recordó lo pequeños que somos y lo hermoso que puede ser compartir el asombro. El espectáculo no decepcionó: fue, sencillamente, inolvidable.

Después llegaron las fiestas, con ese bullicio que transforma las calles y hace que el pueblo lata con un solo corazón. Duritos: ¡qué buenos sois! Detrás de cada música, de cada encuentro y de cada sonrisa se adivinaban muchas horas de trabajo antes de llegar al pueblo. Supisteis cuidar la tradición y, al mismo tiempo, abrir la puerta a los cambios. Separar San Roque de los disfraces nos permitió vivir cada momento sin prisas y nos regaló una noche especial en la iglesia: el concierto a la luz de las velicas. Para mí fue lo más hermoso de aquellas fiestas y uno de los recuerdos más bellos de estos últimos años. Ojalá aquella luz vuelva a encenderse muchas veces.

El pregón del día 13 volvió a llenar la plaza de vida. Entre la gente, las fotografías que había por toda la plaza contaban nuestra historia y rendían homenaje a nuestro “santo” más querido, San Usebio; después, cada cual pudo llevarse una a casa, como quien guarda un pedacito de memoria. La víspera habíamos celebrado sus cincuenta años en una fiesta íntima para la gente del pueblo. Vestido con sus mejores galas,gracias a las manos y al buen gusto de Laura Herráiz, parecía mirarnos desde el centro de una historia que también era la nuestra.

Entonces arrancó el pasacalle. La charanga, Catalina, San Usebio y los tres cabezudos —uno de ellos recién estrenado por los Duritos— recorrieron las calles entre risas y música. El camino terminó en la rocha del Chicuto, donde la traca final anunció que las fiestas ya habían comenzado de verdad.

Pero aquel no fue solamente el verano del eclipse; también fue el verano de las pulseras. En las muñecas se mezclaban la pulserica de las fiestas, la de acceso a la piscina —felicidades por la gestión, Rafa y compañía— y la que abría las puertas de la iglesia para escuchar el concierto de cuerda de String Strad, reservada a quienes habían colaborado con las fiestas. Eran pequeños distintivos de colores, sí, perotambién señales de pertenencia, de participación y de ganas de hacer pueblo. A esa voluntad de renovar se sumó otra idea estupenda: una noche de DJ del Valle.

También hubo momentos que deben servirnos para aprender. En los días de vacas y embolado, las bolas del primer día no salieron como debían. Querer ayudar siempre merece reconocimiento, pero hay tareas que exigen experiencia, enseñanza y responsabilidad. Ver cómo una bola se deshacía nada más encenderse y caía sobre el toro, con el riesgo que aquello suponía para el animal, fue una imagen dolorosa. Ojalá tomemos conciencia de lo ocurrido y pongamos los medios necesarios para que no vuelva a repetirse, aunque para ello sea preciso contar con personas expertas.

La noche de disfraces devolvió la alegría a la plaza. África era el tema elegido y los Yayus se alzaron con el premio con una propuesta sencillamente genial. Los demás grupos tampoco nos quedamos atrás: colores, imaginación y atuendos llenaron cada rincón, mientras incluso una bandada de flamencos acabó invadiendo la plaza. Por unas horas, el pueblo fue un lugar distinto y, al mismo tiempo, más nuestro que nunca.

Así transcurrieron aquellos días: entre paseos, rutas en bicicleta, baños en una rasclosa que invitaba a quedarse y unas fiestas fantásticas. La comisión estuvo de diez y dejó el listón muy alto para los Karajos,que se estrenarán el año que viene. Seguro que sabrán recoger el testigo y escribir su propia página en esta historia compartida.

En medio de tanta celebración, guardo un recuerdo especial para la familia Bernades Caus así como a la familia de Carlos Villanueva “ Morrosco” por la pérdida sufrida este añoy dedico estas fotografías a mis Carretillos y, sobre todo, a quienes no pudieron estar este año. Ojalá cada imagen viaje hasta ellos y les lleve, estén donde estén, un trocico del pueblo: una calle, una voz conocida, el rumor del agua o la luz tibia de una tarde de verano.

Porque hay lugares que no se abandonan nunca: se quedan viviendo dentro de nosotros. … si me ves, si me ves, soy de un pueblo de Teruel. ¡Viva Olba!

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